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Muchas personas que participan en los talleres nos han dicho a menudo: «Debe ser agotador ofrecer tanta empatía». La verdad es que dar empatía en sí mismo no implica necesariamente cansancio. Pero cuando ofrecer empatía implica una resistencia a la experiencia emocional, asumir la responsabilidad de la experiencia de otra persona o un desgaste en relación a tus propias necesidades insatisfechas, sin duda puede resultar agotador.

La empatía es esencialmente una respuesta del corazón ante una expresión del corazón de otra persona. En el Diálogo Consciente y Compasivo y en la Comunicación Noviolenta, es una forma de sintonía, una respuesta a la experiencia emocional de una persona, ya sea que la esté expresando verbalmente o no. La empatía requiere la intención de conectar y de honrar la experiencia de otra persona como válida, independientemente de cómo se vea en relación a tu propia experiencia. Al practicar la empatía, muestras curiosidad compasiva hacia la otra persona intentando adivinar, en silencio o verbalmente, sus sentimientos y necesidades.

Una suposición empática formal sigue esta estructura: «¿Te sientes ___ porque necesitas/valoras ___?». Por ejemplo: «¿Te sientes triste porque necesitas apoyo?». Cuando la empatía se expresa verbalmente, la tarea principal consiste en adivinar la experiencia emocional de la persona, evitando caer en la trampa de atribuir los sentimientos a las acciones de otras personas o a circunstancias externas, sino, por el contrario, relacionando los sentimientos con el grado de satisfacción de las necesidades universales. Esta forma de receptividad tiene su base en una sensación interna de amplitud y ecuanimidad, y requiere que te mantengas en tu centro y en conexión contigo.

Para desarrollar una práctica de empatía, aprendes el vocabulario de los sentimientos y las necesidades, y vas adquiriendo una conciencia básica, una aceptación y una comodidad con la experiencia emocional de las otras personas. Una parte importante de tener la capacidad de hacerlo consiste en reconocer y superar aquello que se entremezcla en tu interior y que te exige un esfuerzo adicional para gestionarlo. Veamos tres cosas que pueden agotarte cuando intentas ofrecer empatía.

1) Resistencia: Cuando te resistes a la experiencia de otra persona mientras intentas empatizar, sentirás el peso de este conflicto interno. La resistencia adopta muchas formas. Los ejemplos más comunes son juzgar, alejarse o intentar cambiar la experiencia de la otra persona. Así es como podrían sonar pensamientos de resistencia:

Sin duda, si ella no hubiera hecho eso, no tendría este problema.

• La otra persona está sufriendo tanto como él.

• De algún modo se lo merece.

• Ella misma se mantiene estancada.

• Se está haciendo mucho drama. Solo tiene que ver las cosas con perspectiva.

• Yo no tendría esta reacción.

• Debería madurar.

• Se da demasiada importancia.

Cuando te des cuenta de que, mientras intentas ofrecer empatía, al mismo tiempo estás resistiendo a la experiencia de la otra persona, hay dos cosas que puede serte útil recordar. En primer lugar, es posible que necesites empatía hacia lo que está surgiendo en ti en relación con la experiencia de la otra persona: quizás dolor, malestar, frustración, enojo, por tus propias necesidades insatisfechas. Esto podría significar dedicar tiempo a la autoempatía o recibir empatía de alguien externo a la situación. En segundo lugar, quizá necesites tomarte un tiempo para hacer duelo de que alguien a quien quieres está sufriendo y, a continuación, afirmar internamente que puedes estar con eso. Lo único que puedes hacer es ofrecer bondad, empatía y tu propia confianza en su capacidad para salir adelante.

Después de mostrar empatía, es posible que tengas algo más que ofrecer para apoyarle. Sea cual sea el consejo o el consuelo que eventualmente puedas brindar a esta persona, tendrá muchas más posibilidades de ser bien recibido si empiezas con empatía.

2) Obligación: Puede parecer que hay un programa integrado en ti que dice algo así como: «Si me conecto con la necesidad de una persona, tengo que hacer algo». Esta creencia puede manifestarse al menos de dos formas principales.

En primer lugar, puede llevarte a que evites ofrecer empatía o incluso intentes evitar hacerte consciente de los sentimientos y necesidades de las demás personas, porque no sabes cómo empatizar y al mismo tiempo mantener tus límites. Con el tiempo, esto limita tu conciencia y endurece tu corazón. Pierdes el acceso a la alegría profunda, a expandir tu percepción y a la transformación.

Segundo, pasas mucho tiempo analizando, dando consejos y cargando con una mochila extra llena del sufrimiento del mundo y de cómo deberías aliviarlo. Tus hombros se tensan por llevar ese peso extra, y empiezas a resentirte con las personas que percibes que lo están incrementando.

El obstáculo de la obligación requiere discernimiento sobre la diferencia entre querer contribuir desde un lugar de vitalidad y generosidad frente a querer arreglar y rescatar a otra persona desde un lugar dentro de ti que necesita atención sanadora. Esto último suele ir acompañado de ira, resentimiento, desesperación, colapso, desesperanza o compulsión y con una idea preconcebida de cómo deberían ser o comportarse las personas.

Contribuir desde un espacio de vitalidad y generosidad se caracteriza por una experiencia de creatividad, amplitud, libertad de elección y descubrimiento. Desde este lugar, reconoces que ayudar a las demás personas es, en realidad, participar en una red de colaboración más amplia, un círculo expansivo de dar y recibir que confías que es mutuo.

También confías en la capacidad de cada persona para despertar, transformarse y acceder a la sabiduría y la alegría que siempre están presentes. Para centrarte en esta visión, puedes recordar ejemplos de momentos en los que viste a esa persona iluminarse de alegría o actuar con sabiduría. Por muy pequeños que puedan parecer esos ejemplos, son una ventana hacia lo que es posible y te ayudan a mantener una perspectiva amplia o expansiva.

3) Tus propias necesidades insatisfechas. Cuando tienes una relación vacilante con tus propias necesidades, es difícil hacer espacio dentro tuyo para las de las demás personas. Si piensas que “no mereces” el cuidado y la atención que a menudo ofreces a las otras personas, es probable que sufras una falta crónica de apoyo emocional. Creencias como éstas suelen estar profundamente enterradas en el subconsciente. Se manifiestan como una fachada de sacrificio, autosuficiencia o dureza.

El agotamiento emocional se manifiesta en pequeños detalles, como el juicio, culpar a la otra persona, impaciencia o resentimiento. Cuando el desgaste emocional te alcanza mientras ofreces empatía, te encuentras luchando contra una voz en tu interior que clama por mutualidad y quisiera tener un respiro. Tener este conflicto interno hace que ofrecer empatía resulte extenuante.

Para ofrecer empatía sin agotarte por ello, es esencial establecer una relación de confianza en ti con respecto a tus propias necesidades mediante prácticas continuas de autoempatía, estableciendo límites claros y constantes, y manteniendo sistemas de apoyo que contribuyan al cuidado de tu cuerpo, corazón, mente y espíritu.



PRÁCTICA

Tómate un momento ahora para reflexionar sobre la última vez que le ofreciste empatía a alguien. Si fue una experiencia cansadora para ti, fíjate si te enfrentaste a alguno de los tres desafíos mencionados anteriormente. Si fue así, ¿qué necesidades estaban vivas en ti y qué te pedirías a ti o a otra persona para satisfacerlas?

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